Recuerdo haber tenido una conversación con una chica a la que me quería ligar hace un par o tres temporadas. Inmersos unos cuantos en una lúdica partida de póker la madrugada de un sábado cualquiera, ella -que se encontraba en los estertores de un largo folli-viazgo- recibió una llamada telefónica , la cual fue acompañada de un llanto, el cual fue acompañado de mi abrazo ventajista. -“Es que sólo me llama los sábados a las 3 de la mañana y eso no es”. -“Es verdad, no es”. Y yo sabía que eso no es, porque soy un hombre y porque a veces se me ha quedado el dedo tróspido a las 3 de la mañana y me ha dado por hacer llamadas absurdas a tales horas. Llamadas que no son de amor. O sí son de amor, pero de tomarse el amor como un funcionario público. Mi amiga no tenía que ser muy lista para saber que si hubiera habido un pez más interesante (o interesado) en la discoteca en la que se hallaba el macarra que la lanzó directa hacia mis brazos (gracias, macarra) su móvil habría perman...